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Pues sí, ¡fue esa barra de pan la que me enseñó el valor de la gratitud! - Blog

Pues sí, ¡fue esa barra de pan la que me enseñó el valor de la gratitud!

Me quedé fuera de la panadería durante un rato. Sólo quería recuperar el aliento y tomarme un poco de tiempo para mí misma. Mis ojos estaban llenos de lágrimas de frustración, fatiga e impotencia.

Estaba abrumada por la infinidad de emociones que inundaban mi corazón al mismo tiempo. Y sólo quería escapar de todo ello. Quería renunciar a todas las malditas relaciones que había cultivado con gran cantidad de tiempo y esfuerzo. ¡Me sentía como si el amor nunca hubiera formado parte de mi vida! ¿Por qué nadie valoraba lo que había hecho por ellos durante tantos años? Eran unos interesados – todos ellos. Todos y cada uno de los familiares sólo querían un aspecto diferente de mí. Algunos querían apoyo moral, otros sólo trabajo físico. ¿Y mi marido? ¿Qué quería él? ¡Una mujer que cumpliera todos sus deseos y los de su familia y que atendiera todas sus exigencias y las de su familia!

Estaba a punto de sufrir un colapso. Quería salir. Sólo quería escapar de todo ello. Ahora. Para siempre. “¡Deja que se las apañen solos!”, me dije a mí misma. “Quizás entonces se darán cuenta de mi valía”.

Mi hijo y mi marido habían pasado por ese mismo lugar. Les había pedido que compraran una barra de pan para la cena, ¡pero se hicieron los despistados y se negaron a volver a comprar una simple barra de pan! Yo tenía que encargarme  de la cena, así que no me quedaba más opción. ¡Simplemente tenía que dejar todo mi trabajo e ir allí a comprar esa maldita barra de pan!

Ahora las lágrimas caían por mi cara. Me las limpié rápidamente para que nadie las viera.

El sol penetraba a través de mi piel. Mi garganta estaba reseca. Eché una mirada a mi vehículo de dos ruedas. Lo acaricié tiernamente. Me pregunté si podría realmente alejarme en él y salir de sus vidas.

El depósito de gasolina estaba lleno… como de costumbre…

Después de unos minutos me calmé. Mi marido había sufrido un ataque al corazón hacía cuatro semanas. En aquel momento él estaba viajando. Sólo las bendiciones de ese poder superior le habían salvado la vida.

Yo sabía todo esto. Ese hombre, mi marido, a quien amaba con todo mi corazón, se había desmoronado al verme en el hospital antes de 12 horas. Yo limpié sus lágrimas y dije: “¿de verdad creías que te iba a dejar? ¿qué haría yo sin ti?”. Él sacudió su cabeza vigorosamente. Sabía que justo acababa de enzarzarme en otro duelo verbal con él.

Todo sucedió tan de repente, que todos fuimos pillados por sorpresa. Otros familiares cercanos también acudieron inmediatamente. Mi hijo acababa de terminar sus exámenes semestrales y había venido a por un ansiado descanso cuando esto sucedió. Todos estábamos de vuelta en casa ahora, pero mi marido aún no estaba en condiciones de ayudarme en casa.

Yo me sentía perdida porque era incapaz de conectar con él a nivel mental y emocional. Él había salido con nuestro hijo a comprar las cosas que necesitaba antes de la reapertura de su universidad en un par de días.

Como de costumbre, ¡se había asegurado de que el depósito de gasolina de nuestro vehículo de dos ruedas estuviera lleno!

Mi marido estaba exhausto por ese corto viaje y mi hijo no quiso hacer que se esforzara. Yo lo entendía. Pero quería que ellos también entendieran por lo que yo estaba pasando. Toda la experiencia me estaba pasando una factura enorme a nivel físico, emocional y mental, y me resultaba difícil lidiar con las acusaciones que estaban siendo vertidas sobre mí.

Fue allí, de pie frente a la panadería, bajo el ardiente y abrasador sol, cuando me di cuenta de que tenía mucho por lo que estar agradecida. Entré bruscamente en la panadería, compré la barra de pan más tierna y volví a mi casa… a mi hogar…

Tenía una limpiadora maravillosa que hacía todas las tareas de la casa en silencio. Tenía un hijo comprensivo que me consoló cuando me derrumbé en varias ocasiones durante esa etapa. Tenía un marido que se había ocupado de todos nosotros a lo largo de los años y que ahora quería que cuidaran de él hasta que se recuperara por completo. ¡Sabía que era un hombre comprensivo que estaba deseando volver a su rutina normal y ser tan pícaro como de costumbre!

La gratitud me ayudó a reconocer mis propios sentimientos y me ayudó a hacer la transición de la amargura a la comprensión. Me di cuenta de que yo también necesitaba un descanso. Un par de días más tarde, mi hijo volvió a la universidad y nuestros otros familiares volvieron también a su ciudad natal.

Lo primero que hicimos naturalmente fue:

Desahogar nuestros sentimientos: Permitimos que fluyeran de nuestros corazones sin cesar. Nuestros miedos, la estresante ansiedad, la indignación de tratar con la injusticia y la crítica, la confusión de escuchar consejos contradictorios de todos sin excepción… salió todo.

Examinar cuidadosamente nuestros pensamientos y sentimientos: Agradecimos el apoyo oportuno que recibimos de tantas y tantas personas. Pero los comentarios hirientes y las acusaciones injustas también duelen como el infierno. Ahora lo discutimos todo en detalle. Él me habló de su experiencia como paciente y yo le hablé de cómo tenía que lidiar con las demandas económicas, emocionales, mentales y físicas.

Nos dimos cuenta de que nuestro sentido de la gratitud superaba con creces el dolor que atravesaba nuestro corazón.

Sí, el dolor perduró. Durante mucho tiempo. Pero la crítica también había tenido un propósito. Nos había ayudado a descubrir nuestros valores. Nos dimos cuenta de que dependía de nosotros elegir nuestro aprendizaje a partir de las experiencias de nuestras vidas.

Tener fe en una fuerza superior: Nos dimos cuenta de que muchas cosas en la vida nunca estuvieron realmente bajo nuestro control. Una serie de milagros salvaron su vida ese día. Lo único que sabíamos es que una fuerza superior había cuidado de nosotros durante toda esa etapa.

Teníamos vidas frenéticas. Un “hola” rápido o una oración silenciosa era todo lo que nos podíamos permitir en un día cualquiera. Trabajábamos con pasión y ayudábamos a los demás en la medida de nuestras posibilidades. Ésa era nuestra única conexión con esa fuerza superior. Sin embargo, esa fuerza superior no nos había fallado. Estábamos llenos de gratitud y ahora éramos capaces de…

Identificar el camino hacia la felicidad: Ahora sabíamos que, cada vez que nos invadiera una racha de energía negativa, teníamos que tomar una decisión conscientemente. Si queríamos paz y felicidad en nuestras vidas, sólo teníamos que recurrir a las enormes reservas de energía positiva que emanaban de un concepto como la gratitud.

 

 

Nosotros pudimos hacer esa transición. Así que tú también…

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